La Granada caribeña
En 1498 Cristóbal Colón divisó por vez primera esta isla de colinas boscosas, fértiles valles regados por torrentes y arroyos que abrazan una bahía en herradura. Era el tercero de los viajes de Colón a América y el comienzo de su declive en el favor de sus reyes.
Convencido como estaba de que exploraba zonas aún ignotas del Asia más oriental (de ahí el nombre de indios para sus habitantes), al alcanzar este trozo del Caribe y comprobar su riqueza en las tan codiciadas especias (macis, clavo, jengibre, canela, y más tarde nuez moscada) no pudo más que creer, de nuevo erróneamente, que había llegado a una más de las míticas ‘islas de las especias’, hoy conocidas como las Islas Molucas o Indias Orientales Holandesas.
Un gran lago (que llamaron El gran estanque), ubicado en el cráter de un volcán apagado (el monte Santa Catalina, siempre amenazante con sus 800 metros sobre la capital, Saint George); aquella orografía de radas y caletas; el abundante agua potable que nacía de fuentes minerales hacia el interior; todo aquel vergel debió traer a la mente del aventurero genovés la idea del paraíso terrenal, de ahí que bautizara a aquellos 267 metros cuadrados de tierras virginales como Isla de la Concepción, aunque el nombre no prendió entre la marinería que le acompañaba, que prefirió bautizarla (según las tesis que intentan aclarar el misterio de su denominación) como Granada (Grenade para los franceses, la Grenada inglesa), y como Granadinas al rosario de islas que le eran deudoras y que, una a una fueron descubriendo hasta alcanzar la porción de tierra más grande de estas Granadinas del Caribe, San Vicente.

